
Versión editada por militantes del
Partido Comunista Internacional – “El Comunista”
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28/01/2026
LA GUERRA DE GUERRILLAS
La cuestión de la guerra de guerrillas es de sumo interés para nuestro Partido y para la masa obrera. La hemos tratado ya varias veces de un modo accidental y ahora nos disponemos a cumplir nuestra promesa de exponer con mayor amplitud lo que pensamos de ella[1].
I
Vayamos por orden. ¿Qué demandas fundamentales debe presentar todo marxista al análisis de las formas de lucha? Primero, el marxismo se distingue de todas las formas primitivas del socialismo porque no vincula el movimiento a una sola forma determinada de lucha. El marxismo admite las formas más diversas de lucha; además, no las “inventa”, sino que sintetiza, organiza y hace conscientes las formas de lucha de las clases revolucionarias que aparecen por sí solas en el curso del movimiento. Enemigo absoluto de toda fórmula abstracta, de toda receta doctrinaria, el marxismo exige atención a la lucha de masas que está empeñada, lucha que da origen a métodos de defensa y ataque más nuevos y diversas cada día en la medida que el movimiento se va extendiendo, aumenta el grado de conciencia de las masas y se acentúan las crisis económicas y políticas. Por eso el marxismo no rechaza de plano ninguna forma de lucha. El marxismo en ningún caso se limita a las formas de lucha posibles y existentes sólo en un momento dado, admitiendo la inevitabilidad de que, al cambiar la coyuntura social, aparezcan formas nuevas y desconocidas por quienes actúan en el período dado. En este sentido, lejos de pretender enseñar a las masas las formas de lucha inventadas por “sistematizadores” de gabinete, el marxismo aprende, si es lícito expresarse así, de la práctica de las masas. Sabemos –decía Kautsky, por ejemplo, al examinar las formas de revolución social– que la próxima crisis nos aportará formas nuevas de lucha que no podemos prever ahora.
Segundo, el marxismo exige que el problema de las formas de lucha se enfoque desde un ángulo absolutamente histórico. Plantearlo desvinculado de la situación histórica concreta significa no comprender el abecé del materialismo dialéctico. En los diversos momentos de evolución económica, según sean las diferentes condiciones políticas, la cultura nacional, las costumbres, etc., pasan a primer plano distintas formas de lucha que se hacen preponderantes y, en relación con ello, se modifican a su vez las formas de lucha secundarias, accesorias. Intentar admitir o rechazar el método concreto de lucha sin examinar detenidamente la situación concreta del movimiento de que se trate, en el grado de desarrollo que haya alcanzado, significa abandonar por completo el terreno del marxismo.
Estos son los dos principios teóricos fundamentales que deben guiarnos. La historia del marxismo en Europa Occidental nos ofrece innumerables ejemplos corroborativos de lo dicho. En el momento actual, la socialdemocracia europea considera el parlamentarismo y el movimiento sindical como las formas de lucha principales; en el pasado admitía la insurrección, y está muy dispuesta a admitirla en el porvenir si cambia la coyuntura, pese a la opinión de los burgueses liberales del tipo de los demócratas constitucionalistas y los “sin título”[2] rusos. La socialdemocracia negaba en la década del 70 la huelga general como panacea social, como medio para derrocar de golpe a la burguesía por vía no política, pero la socialdemocracia admite plenamente la huelga política de masas (sobre todo después de la experiencia de Rusia en 1905) como uno de los métodos de lucha, indispensable en ciertas condiciones. La socialdemocracia, que en la década del 40 del siglo XIX admitía la lucha de barricadas en las calles y la rechazaba, basándose en datos concretos, a fines del siglo XIX, ha declarado que está dispuesta por completo a revisar este último criterio y admitir la conveniencia de tal lucha después de la experiencia de Moscú, que ha dado origen, según K. Kautsky, a una nueva táctica de barricadas.
II
Una vez sentadas las tesis generales del marxismo, pasemos a la revolución rusa. Recordemos el desarrollo histórico de las formas de lucha que ella ha promovido. Primero, las huelgas económicas de los obreros (1896-1900); después, las manifestaciones políticas de obreros y estudiantes (1901-1902), las revueltas campesinas (l902), el comienzo de las huelgas políticas masivas combinadas de distinta manera con las manifestaciones (Rostov en 1902, las huelgas del verano de 1903, el 9 de enero de 1905[3]), la huelga política de toda Rusia con casos locales de combates de barricadas (octubre de 1905), la lucha masiva de barricadas y la insurrección armada (diciembre de 1905), la lucha parlamentaria pacífica (abril-junio de 1906), los alzamientos militares parciales junio de 1905-julio de 1906), las sublevaciones parciales de campesinos (otoño de 1905-otoño de 1906).
Tal es el estado de cosas en el otoño de 1906, desde el punto de vista de las formas de lucha en general. La forma de lucha con que la autocracia “contesta” son los pogromos a cargo de las centurias negras, empezando por el de Kishiniov en la primavera de 1903 y acabando con el de Siedlce en el otoño de 1906[4]. Durante todo este período, la organización de pogromos centurionegristas y palizas a judíos, estudiantes, revolucionarios y obreros conscientes progresa y se perfecciona, agregándose a la violencia de la chusma sobornada la violencia de las tropas ultrarreaccionarias, llegándose hasta el empleo de la artillería en pueblos y ciudades en combinación con expediciones punitivas, trenes de represión, etc.
Tal es el fondo esencial del cuadro. Sobre este fondo resalta –sin duda como algo particular, secundario, derivado– el fenómeno a cuyo estudio y apreciación dedicamos el presente artículo. ¿Qué fenómeno es éste? ¿Cuáles son sus formas, sus causas, la fecha de su aparición y el grado de su difusión? ¿Cuál es su transcendencia en la marcha general de la revolución? ¿Cuál es su relación con la lucha de la clase obrera, lucha organizada y dirigida por la socialdemocracia? Éstas son las cuestiones que debemos dilucidar ahora, después de haber bosquejado el fondo general del cuadro.
El fenómeno que nos interesa es la lucha armada. Sostienen esta lucha individuos aislados y pequeños grupos. Una parte milita en las organizaciones revolucionarias; otra parte (la mayor en ciertas localidades de Rusia) no pertenece a ninguna organización revolucionaria. La lucha armada persigue dos fines diferentes, que es preciso distinguir rigurosamente; esta lucha se orienta, primero, a la eliminación física de algunos individuos, jefes, subalternos de la policía y del ejército; segundo, a la confiscación de fondos pertenecientes al Gobierno y a ciertos particulares. Una parte de las sumas confiscadas pasa al Partido, otra parte se dedica especialmente al armamento y a la preparación de la insurrección, y otra, al mantenimiento de los que sostienen la lucha a que nos referimos. Las grandes expropiaciones (la del Cáucaso, de más de 200.000 rublos; la de Moscú, de 875.000 rublos)[5] estaban destinadas precisamente a los partidos revolucionarios en primer término; las pequeñas expropiaciones sirven ante todo, y a veces por entero, para el mantenimiento de los “expropiadores”. No cabe duda de que esta forma de lucha se ha desplegado y extendido mucho tan sólo en 1906, es decir, después de la insurrección de diciembre. El agravamiento de la crisis política hasta llegar a la lucha armada y, sobre todo, el aumento de la miseria, del hambre y del paro en aldeas y ciudades desempeñaron señalado papel entre las causas que han dado lugar a la lucha que describimos. El hampa, los elementos desclasados y los grupos anarquistas han adoptado esta forma como la principal y hasta exclusiva de lucha social. Deben conceptuarse como formas de lucha empleadas en “respuesta” por la autocracia la declaración del estado de guerra, la movilización de más tropas, los pogromos por las centurias negras (Siedlce) y los consejos de guerra.
III
El juicio que se emite habitualmente sobre la lucha en cuestión se reduce a lo siguiente: esto es anarquismo, blanquismo[6], el antiguo terrorismo, son actos de individuos sueltos, desligados de las masas, que desmoralizan a los obreros, que apartan de ellos a los amplios sectores de la población, que desorganizan el movimiento y perjudican a la revolución. En las noticias diarias de los periódicos se encuentran sin dificultad ejemplos confirmativos de este razonamiento.
Pero ¿son convincentes esos ejemplos? Tomemos, para comprobarlo, la zona donde esa forma de lucha está más desarrollada: el País Letón. Veamos en qué términos se queja de la actividad de la socialdemocracia letona el periódico Nóvoe Vremia[7] del 9 y el 12 de septiembre. El Partido Obrero Socialdemócrata Letón (sección del POSDR) publica normalmente su periódico, con una tirada de 30.000 ejemplares[8]. En la sección oficial se insertan las listas de espías, cuya supresión es deber para cada persona honrada. Los que ayudan a la policía son declarados “enemigos de la revolución” que deben ser ejecutados y responder, además, con sus bienes. Se ordena a la población que entregue el dinero para el Partido Socialdemócrata sólo contra recibo acuñado. En el último informe del Partido figuran, entre los 48.000 rublos de ingreso del año, 5.600 rublos de la sección de sección de Libava, destinados a la compra de armas y procurados por expropiación. Como se puede comprender, Nóvoe Vremia lanza rayos y centellas contra esta “legislación revolucionaria”, contra este “gobierno terrible”.
Nadie se atreverá a calificar de anarquismo, de blanquismo o de terrorismo estos actos de los socialdemócratas letones. ¿Por qué? Porque en este caso, es evidente el nexo entre la nueva forma de lucha y la insurrección que estalló en diciembre y se avecina de nuevo. Respecto a toda Rusia, este nexo no es tan evidente, pero existe. La propagación de la lucha de “guerrillas”, precisamente después de diciembre, y su nexo con la agravación de la crisis no sólo económica, sino también política, son innegables. El viejo terrorismo ruso era obra del intelectual conspirador; ahora, quien sostiene la lucha de guerrillas es, por regla general, el obrero de un grupo de combate o simplemente sin trabajo. Los vocablos blanquismo y anarquismo acuden con facilidad a la imaginación de los aficionados a los clisés; pero en el ambiente insurreccional que se respira con tanta evidencia en el Territorio de Letonia, salta a la vista que estos motes aprendidos a fuerza de repetirlos no tienen ningún valor.
El ejemplo de los letones patentiza la falsedad completa, el carácter acientífico y ahistórico del análisis, que tan a menudo se hace entre nosotros, de la guerra de guerrillas desvinculada de la situación insurreccional. Hay que tener en cuenta esta situación, meditar en las peculiaridades del período intermedio entre los actos grandes de la insurrección, comprender qué formas de lucha surgen necesariamente como consecuencia de ello, y no salir del paso con una retahíla de palabras aprendidas a fuerza de repetirlas, que emplean por igual el demócrata constitucionalista y el de Novóe Vremia: ¡anarquía, pillaje, hampa!
El guerrillear, se dice, desorganiza nuestra labor. Apliquemos este razonamiento a la situación que se dio después de diciembre de 1905, al período de los pogromos desatados por las centurias negras y de las declaraciones del estado de guerra. ¿Qué desorganiza más el movimiento en tales períodos: la falta de resistencia o la lucha organizada de los guerrilleros? Comparen la Rusia Central con sus zonas periféricas del Oeste, con Polonia y el Territorio de Letonia. Es indudable que la lucha de guerrillas está más extendida y desarrollada en estas zonas occidentales. Tampoco cabe duda de que el movimiento revolucionario en general, y el movimiento socialdemócrata en particular, están más desorganizados en la Rusia Central que en las zonas del Oeste. Por supuesto, ni quiera se nos ocurre deducir que los movimientos socialdemócratas polaco y letón están menos desorganizados gracias a la guerra de guerrillas. No. De aquí sólo se desprende que la guerra de guerrillas no es culpable de la desorganización del movimiento obrero socialdemócrata en la Rusia de 1906.
Se invoca a menudo la peculiaridad de las condiciones nacionales; pero esto delata con singular evidencia la endeblez de la argumentación en boga. Si la causa está en las condiciones nacionales, no se trata, pues, del anarquismo, ni del blanquismo ni del terrorismo –pecados comunes a toda Rusia e incluso específicamente rusos–, sino de algo diferente. ¡Analicen en concreto este algo diferente, señores! Y entonces verán que la opresión o el antagonismo nacionales no explican nada, pues siempre han existido en las zonas periféricas occidentales, mientras que la lucha de guerrillas es allí producto sólo del período histórico actual. Hay muchas zonas donde existen opresión y antagonismo nacionales, pero no hay lucha de guerrillas, que se despliega a veces sin que se dé la menor opresión nacional. Un análisis concreto de la cuestión probará que la causa no está en el yugo nacional, sino en las condiciones de la insurrección. La lucha de guerrillas es una forma inevitable de lucha cuando el movimiento de masas ha llegado ya realmente a la insurrección y cuando se dan treguas más o menos prolongadas entre las “grandes batallas” de la guerra civil.
No es el guerrillear lo que desorganiza el movimiento, sino la debilidad del Partido, que no sabe asumir la dirección de las guerrillas. He aquí por qué los anatemas habituales entre nosotros, los rusos, contra las guerrillas coinciden con acciones guerrilleras secretas, accidentales, no organizadas que, en realidad, desorganizan el Partido. Incapaces de comprender las condiciones históricas que originan esta lucha, somos también incapaces de contrarrestar sus aspectos negativos. Pese a todo, la lucha continúa. La provocan poderosos motivos económicos y políticos. No tenemos fuerza para suprimir estos motivos ni para suprimir esta lucha. Nuestras quejas por la lucha de guerrillas son quejas contra la debilidad de nuestro Partido en materia de insurrección.
Lo que hemos dicho de la desorganización se refiere igualmente a la desmoralización. No es la guerra de guerrillas lo que desmoraliza, sino la falta de organización, de orden y de espíritu partidista de las guerrillas. El censurar e imprecar las acciones guerrilleras no nos libra, ni mucho menos, de esta innegabilísima desmoralización, pues las censuras e imprecaciones son absolutamente impotentes para detener un fenómeno debido a causas económicas y políticas profundas. Se nos objetará que la incapacidad para detener un fenómeno anormal y desmoralizador no es razón para que el Partido adopte procedimientos de lucha anormales y desmoralizadores. Pero tal objeción sería burguesa liberal en puridad, y no marxista, pues un marxista no puede considerar a normales y desmoralizadoras en general la guerra civil o la guerra de guerrillas, que es una de sus formas. El marxista se sitúa en el terreno de la lucha de clases y no en el de la paz social. En ciertos períodos de crisis económicas y políticas graves, la lucha de clases llega en su desarrollo a transformarse en guerra civil abierta, es decir, en lucha armada entre dos partes del pueblo. En tales períodos, el marxista está obligado a sostener el punto de vista de la guerra civil. Toda condena moral de la guerra civil es inadmisible de todo punto según el criterio del marxismo.
En la época de guerra civil, el partido ideal del proletariado es el partido beligerante. Esto es incontrovertible en absoluto. Admitimos por entero que, según el criterio de la guerra civil, se puede demostrar, y se demuestra en realidad, la inconveniencia de tales o cuales formas de guerra civil en uno u otro momento. Admitimos plenamente la crítica de las diversas formas de guerra civil desde el punto de vista de la conveniencia militar y estamos de acuerdo sin reservas en que en esta cuestión llevan la voz cantante los socialdemócratas dedicados a la labor práctica de cada localidad. Pero, en nombre de los principios del marxismo, exigimos absolutamente que nadie se limite en el análisis de las condiciones de la guerra civil a tópicos sobre el anarquismo, el blanquismo y el terrorismo; que de los absurdos procedimientos empleados en la guerra de guerrillas en cierto momento por cierta organización del Partido Socialista Polaco[9] no se haga un espantajo contra la participación de la socialdemocracia en la guerra de guerrillas en general.
Los argumentos de que la desorganización del movimiento obedece a la guerra de guerrillas deben enfocarse con espíritu crítico. Toda forma nueva de lucha, que trae aparejada nuevos peligros y nuevos sacrificios, “desorganiza” indefectiblemente las organizaciones no preparadas para esta nueva forma de lucha. El paso a la agitación desorganizó nuestros antiguos círculos de propagandistas. Más tarde, el paso a las manifestaciones desorganizó nuestros comités. En toda guerra, cualquier operación lleva cierto desorden a las filas de los beligerantes. De esto no debe deducirse que no se ha de combatir. De esto debe deducirse que se ha de aprender a combatir. Y nada más.
Cuando veo a socialdemócratas que declaran con arrogancia y suficiencia: no somos anarquistas, ni atracadores, ni malhechores, estamos por encima de todo eso, rechazamos la guerra de guerrillas, me pregunto: ¿sorprenderá esa gente lo que dice? Por todo el país hay escaramuzas y refriegas armadas entre el gobierno centurionegrista y la población. Es un fenómeno absolutamente inevitable en la fase actual de desarrollo de la revolución. La población reacciona ante este fenómeno de una manera espontánea, no organizada –y, precisamente por eso, en formas a menudo poco afortunadas y malas–, también con escaramuzas y ataques armados. Convengo en que, debido a la debilidad o a la falta de preparación de nuestra organización, podemos renunciar, en un lugar y en un momento dado, a poner esta lucha espontánea bajo la dirección del Partido. Convengo en que esta cuestión deben resolverla los que realizan la labor práctica de tal lugar y en que la transformación de organizaciones débiles y poco preparadas no es cosa fácil. Pero cuando veo a un teórico o a un publicista de la socialdemocracia que, en vez de apenarse por esta falta de preparación, repite con arrogante suficiencia y entusiasmo narcisista las frases sobre el anarquismo, el blanquismo y el terrorismo aprendidas en su primera juventud a fuerza de reiterarlas, me siendo agraviado de ver vejada la doctrina más revolucionaria del mundo.
Se dice que la guerra de guerrilla aproxima al proletariado consciente a la categoría de los hampones degradados y entregados a la bebida. Es cierto. Pero de aquí sólo se desprende que el partido del proletariado jamás puede considerar que la guerra de guerrillas sea el único método de lucha, ni siquiera el principal; que este método debe estar subordinado a los otros, debe guardar proporción con los métodos principales de lucha y estar ennoblecido por la influencia ilustrativa y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los métodos de lucha empleados en la sociedad burguesa aproximan al proletariado a los diversos sectores no proletarios, situados por encima o por debajo de él, y, abandonados al curso espontáneo de los acontecimientos, se descomponen, se pervierten y prostituyen. Las huelgas, abandonadas al capricho de los acontecimientos, degeneran en “Alliances” o sea, en acuerdos entre obreros y patronos contra los consumidores. El Parlamento degenera en prostíbulo, en el que una banda de politicastros burgueses comercia, al por mayor y al por menor, la “libertad popular”, el “liberalismo”, la “democracia”, el republicanismo, el anticlericalismo, el socialismo y otras tantas mercancías de fácil colocación. La prensa se transforma en alcahueta barata, en instrumento de perversión de las masas, de burdo halago de los bajos instintos de la muchedumbre, etc., etc. La socialdemocracia no conoce métodos de lucha universales que separen al proletariado con una muralla china de los sectores situados algo más arriba o algo más abajo de él. La socialdemocracia emplea distintos métodos en los diversos periodos, adaptando siempre su aplicación a condiciones ideológicas y de organización rigurosamente determinadas[10].
IV
Las formas de lucha de la revolución rusa, comparadas con las que se registraron en las revoluciones burguesas de Europa, se distinguen por su extraordinaria diversidad. Kautsky lo había previsto en parte cuando decía en 1902 que la futura revolución (y agregaba: salvo, acaso, en Rusia) sería no tanto una lucha del pueblo contra el Gobierno como una lucha entre dos partes del pueblo. En Rusia vemos que esta segunda lucha toma indudablemente más amplitud que en las revoluciones burguesas de Occidente. Los enemigos de nuestra revolución son poco numerosos entre el pueblo; pero, a medida que la lucha se encona, ellos se organizan más y más y cuentan con el apoyo de los sectores reaccionarios de la burguesía. Es, pues, completamente natural inevitable que en una época semejante, en un época de huelgas políticas de todo el pueblo, la insurrección no pueda revestir la antigua forma de actos sueltos, limitados a un lapso muy breve y a una extensión muy reducida. Es completamente natural e inevitable que la insurrección tome formas más elevadas y complejas las formas de guerra civil prolongada que abarque a todo el país, es decir de una lucha armada entre dos partes del pueblo. Esta guerra no se puede concebir de otra manera que como una sucesión de pocas batallas grandes, separadas por treguas de relativa duración, y multitud de pequeñas escaramuzas a lo largo de esas treguas. Si eso es así –y lo es sin ningún género de dudas–, la socialdemocracia debe plantearse obligatoriamente la misión de constituir organizaciones que sean lo más idóneas posible para dirigir a las masas en esas grandes batallas y, hasta donde se pueda, en estas pequeñas escaramuzas. En la época en que la lucha de clases se exacerba tanto que llega a convertirse en guerra civil, la socialdemocracia debe plantearse la tarea de no sólo tomar parte en esta guerra civil, sino desempeñar también en ella el papel dirigente. La socialdemocracia debe educar y preparar a sus organizaciones de suerte que obren efectivamente como parte beligerante, sin perder ocasión de causar daños a las fuerzas del adversario.
Ni que decir tiene que la tarea es difícil, que no se puede cumplir de la noche a la mañana. Para cumplirla, al igual que todo el pueblo se reeduca e instruye en la lucha a lo largo de la guerra civil, nuestras organizaciones deben educarse y reestructurarse con los datos obtenidos de la experiencia.
No tenemos la menor pretensión de imponer a los que cumplen la labor práctica una forma de lucha cualquiera, inventada por nosotros, ni siquiera de resolver desde un despacho la cuestión del papel que una u otra forma de guerra de guerrillas pueda desempeñar en el curso general de la guerra civil en Rusia. Nada más lejos de nosotros que la idea de ver en la apreciación concreta de una u otra acción de guerrilla un problema de tendencia en la socialdemocracia. Pero consideramos que nuestra misión es contribuir, en la medida de nuestras fuerzas, a justipreciar en teoría las formas nuevas de lucha que da la vida; es combatir sin piedad la rutina y los prejuicios que impiden a los obreros conscientes plantear con tino esta nueva y difícil cuestión y abordar correctamente su solución.
“Proletari”, núm. 5, 30 de septiembre de 1906
Se publica según el texto del periódico “Proletari”
[1] Véase V. I. Lenin, Obras Completas, t. 13, pág. 390.
[2] Los “sin título”: grupo de la intelectualidad burguesa rusa, semidemócrata constitucionalista, semimenchevique, constituido en 1906. Su nombre proviene del título del semanario político Bez Zaglavia (Sin Título), que se editó en Petersburgo en enero-mayo de 1906 y cuyo director fue Prokopóvich. Más tarde los “sin título” se agruparon en torno al periódico demócrata constitucionalista de izquierda Továrisch (El Camarada). Los “sin título” defendían las ideas del liberalismo burgués y apoyaban a los revisionistas de la socialdemocracia rusa e internacional.
[3] El 9 de enero de 1905, el zar Nicolás II ordenó recibir con descargas de fusiles la manifestación pacífica de obreros petersburgueses, organizada por el sacerdote Gapón, que se dirigía al Palacio de Invierno (residencia del zar) para presentar una petición. En respuesta al criminal fusilamiento de los obreros inermes, en toda Rusia comenzaron las huelgas y manifestaciones políticas de masas.
Los sucesos del 9 de enero, denominados el Domingo Sangriento, dieron comienzo a la revolución de 1905-1907.
[4] Centurias negras: bandas monárquicas, constituidas por la policía zarista para combatir el movimiento revolucionario. Los centurionegristas mataban a los revolucionarios, agredían a la intelectualidad progresista y organizaban pogromos judíos.
El pogrom de Kishiniov, uno de los más cruentos en la Rusia zarista, fue organizado por V. K. Pleve, ministro zarista del Interior, en abril de 1903. Dio por saldo varios cientos de personas muertas y heridas, la destrucción y el saqueo de más de mil viviendas.
El pogrom judío de Siedlce fue organizado a fines de agosto de 1906. Durante el mismo la ciudad fue sometida a descargas de artillería y de fusiles; fueron muertas y heridas centenares de personas.
[5] La expropiación del Cáucaso tuvo lugar en la ciudad de Dusheté, provincia de Tiflis. La noche del 12 al 13 (26) de abril de 1906, seis hombres armados y con uniforme de soldados del regimiento de infantería de Novobayazet, acuartelado en Dusheté, haciéndose pasar por la guardia, penetraron en el edilicio local del Tesoro y se apoderaron de 315.000 rublos.
La expropiación de Moscú fue hecha por los eseristas, el 7 (20) de marzo de 1906, en el Banco de la Sociedad Comercial de Crédito Mutuo. Un grupo armado de hasta 20 hombres, luego de desarmar a la guardia del Banco, expropió 875.000 rublos.
[6] Blanquismo: corriente en el movimiento socialista francés, encabezada por el notable revolucionario Louis Auguste Blanqui (1805-1881), destacado representante del comunismo utópico francés. Los blanquistas esperaban “que la humanidad se emancipe de la esclavitud asalariada mediante la conspiración de un pequeño grupo de intelectuales, y no mediante la lucha de clase del proletariado” (véase Obras Completas, t. 13, pág. 82). Al sustituir la actividad del partido revolucionario por acciones de un puñado de conspiradores, no tomaban en cuenta la situación concreta, necesaria para el triunfo de la insurrección, y menospreciaban los vínculos con las masas.
[7] “Nóvoe Vremia” (Tiempo Nuevo): diario que se publicó en Petersburgo de 1868 a 1917. Perteneció a diferentes editores y cambió reiteradas veces su orientación política. Diario liberal moderado al principio, se convirtió en 1876 –al ser su editor A. S. Suvorin– en órgano de los medios reaccionarios de la nobleza y burocráticos. Desde 1905, órgano de los centurionegristas.
[8] Se refiere al periódico “Zihna” (Cina) (La Lucha), órgano central de la socialdemocracia letona, fundado en marzo de 1904. Apareció clandestinamente en Riga, con grandes intervalos, hasta agosto de 1909, y luego en el exterior. Entre sus colaboradores activos y permanentes figuraron P. Stucka, uno de los organizadores del Partido Comunista de Letonia, y J. Rainis, poeta popular.
Desde abril de 1917, Zihna se publicó legalmente en Petrogrado, Riga y otros lugares y, desde agosto de 1919, después del triunfo provisional de la contrarrevolución en Letonia, reapareció i legalmente en Riga. En la actualidad es el órgano del CC del Partido Comunista de Letonia y del Soviet Supremo de la República Socialista Soviética de Letonia.
[9] PSP: Partido Socialista Polaco (Polska Partia Socjalistyczna). Partido nacionalista reformista, fundado en 1892. Actuando bajo la consigna de lucha por una Polonia independiente, el PSP, encabezado por Pilsudski y sus partidarios, realizaba propaganda separatista y nacionalista entre los obreros polacos y procuraba distraerlos de la lucha conjunta con los obreros rusos contra la autocracia y el capitalismo.
Durante toda la historia del PSP surgían en sus filas grupos de izquierda bajo la influencia de los obreros. Algunos de esos grupos se sumaron más tarde al ala revolucionaria del movimiento obrero polaco.
En 1906, el PSP se escindió en PSP-“liewicza” (de izquierda) y el de derecha, chovinista, el denominado PSP-“fracción revolucionaria”.
El PSP-“licwicza”, influenciado por el partido de los bolcheviques y también por la SDRPL (Socialdemocracia del Reino de Polonia y de Lituania) pasó poco a poco a posiciones consecuentemente revolucionarias. En los años de la primera guerra mundial, gran parte del PSP “liewicza” se situó en posición internacionalista, y en diciembre de 1918 se unificó con la SDRPL. Los partidos unificados constituyeron el Partido Obrero Comunista de Polonia (así se llamó hasta 1925 el Partido Comunista de Polonia).
El PSP de derecha continuó durante la primera guerra mundial la política del nacionalchovinismo.
[10] Se acusa frecuentemente a los socialdemócratas bolcheviques de frivolidad y parcialidad por la guerra de guerrillas. No estará de más recordar, por tanto, que en el proyecto de resolución sobre las acciones guerrilleras (Partinie Izvestia, núm. 2 y el informe de Lenin acerca del Congreso) el grupo de bolcheviques que las defiende ha propuesto las siguientes condiciones para su aprobación: que no haya, en absoluto, “expropiaciones” de bienes privados, que no se recomienden las “expropiaciones” de bienes del Estado y sólo se toleren bajo el control del Partido, transfiriendo los fondos para las necesidad de la insurrección. Que se recomienden los actos de guerrilla en forma de terrorismo contra los opresores integrantes del Gobierno y los elementos activos de las centurias negras, siempre que: 1) se tenga en cuenta el estado de ánimo de las grandes masas; 2) se tomen en consideración las condiciones del movimiento obrero local; 3) se procure no dilapidar inútilmente las fuerzas del proletariado. La diferencia práctica entre este proyecto y la resolución aprobada en el Congreso de Unificación consiste exclusivamente en que no se toleran las “expropiaciones” de bienes del Estado.