Versión editada por militantes del

Partido Comunista Internacional – “El Comunista”

www.pcielcomunista.org

14/08/2022

 

 

 

 

 

COMPLEMENTO AL PRÓLOGO [1]

 

Desde que el libro III de El Capital[2] ha sido entregado al juicio público se han suscitado en torno a él múltiples y diversas interpretaciones. Y no podía ser de otro modo. Al editar este volúmen, mi mira fundamental fue establecer un texto lo más auténtico posible, exponer los resultados descubiertos por Marx, dentro de lo posible, con las propias palabras del autor, no mezclando las mías allí donde esto no fuese absolutamente indispensable y, aun en estos casos, no dejando al lector la menor duda acerca de quién le hablaba.

Se me ha censurado esto; se ha dicho que debía haber sacado de los materiales de que disponía un libro sistemáticamente redactado, en faire un libre, como dicen los franceses; en una palabra, haber sacrificado la autenticidad del texto a las conveniencias del lector. Pero no era así, por cierto, como yo concebía mi misión. Nada me autorizaba a emprender una labor de refundición de este género. Un hombre como Marx tiene derecho a que se le escuche directamente, a transmitir sus descubrimientos científicos a la posteridad con la autenticidad plena de su propia exposición. Además, no me sentía tentado en lo más mínimo a cometer eso que yo tenía necesariamente que considerar un atentado contra la obra póstuma de un hombre de la talla de Marx; me habría parecido que cometía una felonía. Finalmente, ello hubiera sido perfectamente inútil. Para quienes no saben o no quieren leer, para esas gentes que ya al aparecer el primer tomo de la obra pusieron más empeño en tergiversarlo del que habrían necesitado para comprenderlo, no valía la pena molestarse. Y en cambio, para los que aspiran verdaderamente a entender, lo importante era, realmente, el texto original; para éstos, mi refundición tendría, a lo sumo, el valor de un comentario, y además, de un comentario a un texto inédito e inasequible. A la primera controversia que hubiese surgido, no habría habido más remedio que traer a colación el texto original; la segunda y la tercera habrían hecho inevitable ya su publicación in extenso.

Tales controversias son naturales, tratándose de una obra como ésta, que contiene tantas cosas nuevas, esbozadas además a vuela pluma, y a veces en una primera versión llena de lagunas. Aquí sí puede ser útil mi intervención para obviar dificultades de comprensión, destacar los puntos de vista importantes cuyo interés no se subraya suficientemente en el texto y complementar este texto, escrito en 1865, en algunos aspectos de especial importancia, para ponerlo a tono con el estado de cosas existentes en 1895. Hay en efecto, ya desde ahora, dos puntos acerca de los cuales considero necesario decir algunas palabras.

 

 

1. La ley del valor y la cuota de ganancia

 

Era de esperar que la solución de la aparente contradicción entre estos dos factores suscitase debates, tanto antes como después de publicarse el texto de Marx. Más de uno esperaban que se obrase un milagro completo y hoy se sienten decepcionados, porque en vez del golpe de magia con que contaban, se encuentran con una explicación sencillamente racional, sobria y prosaica, de aquella contradicción.

El que mayor alegría manifiesta en su decepción es, naturalmente, el célebre e ilustre Loria. Éste ha descubierto, por fin, el punto de la palanca de Arquímedes, apoyándose en el cual hasta un pigmeo de su calibre puede hacer saltar y echar por tierra la gigantesca y sólida construcción de Marx. ¡Cómo!, exclama nuestro hombre, indignado, ¿esa es la solución que se nos pretende dar? ¡Eso es una pura mixtificación! Cuando los economistas hablan de valor, se refieren al valor que se impone en la realidad del cambio. “Pero ningún economista que tenga siquiera una chispa de sentido común se ha ocupado hasta hoy ni se ocupará jamás de un valor por el que las mercancías ni se han vendido ni se venderán nunca (ne possono venderse mai)… Cuando Marx afirma que el valor por el que las mercancías no se venden nunca se determina en proporción al trabajo contenido en ellas, ¿qué hace sino repetir, invirtiendo los términos, la tesis de los economistas de que el valor por el que se venden las mercancías no se haya en proporción con el trabajo invertido en ellas?... Y de nada sirve el que Marx nos diga que, aunque los precios individuales difieren de los valores individuales, el precio total del conjunto de las mercancías coincide siempre con su valor total o con la totalidad de trabajo que se contiene en la suma global de las mercacías. En efecto; como el valor no es más que la proporción en que una mercancía se cambia por otra, la mera idea de un valor total constituye un absurdo, un contrasentido… una contradictio in adjecto.” Al comienzo de su obra –continúa–, dice Marx que el cambio sólo puede equiparar entre sí dos mercancías por contenerse en ellas un elemento de igual naturaleza y magnitud, a saber: la cantidad igual de trabajo que en ellas se encierra. Pues bien; ahora reniega del modo más solemne de sí mismo al asegurar que las mercancías se cambian en una proporción que nada tiene que ver con la cantidad de trabajo contenida en ellas. “¿Cuándo se ha visto una reducción ad absurdum tan completa, una bancarrota teórica mayor? ¿Cuándo se ha cometido un suicidio científico con mayor pompa ni con más solemnidad?” (Nuova Antología, 1, febrero, 1895, pp. 478 y 479).

Como se ve, Nuestro Loria no cabe en sí de gozo. Pues qué, ¿no tenía razón en tratar a Marx como igual suyo, es decir, como un vulgar charlatán? Ahí lo tienen ustedes: Marx se burla de su público igual que un Loria cualquiera, vive de mixtificaciones, ni más ni menos que el último profesor italiano de economía. Pero no puede permitirse esos lujos, pues no conoce el oficio como nuestro Dulcamara; como la burda mentalidad nórdica de Marx incurre en una torpeza tras otra, cae en el contrasentido o en el absurdo y, por último, no le queda más camino que suicidarse solemnemente.

 Dejemos para más adelante la afirmación de que las mercancías no se han vendido ni se venderán nunca por su valor, determinado por el trabajo. Atengámonos solamente, por ahora, a la rotunda definición del señor Loria según la cual “el valor no es más que la proporción en que una mercancía se cambia por otra” y de que, según esto, “la mera idea de un valor total constituye un absurdo, un contrasentido, etc.” La proporción en que se cambian dos mercancías, es decir, su valor, será, por consiguiente, algo puramente fortuito que viene a posarse, volando, sobre las mercancías y que puede cambiar de un día para otro. El hecho de que un quintal métrico de trigo se cambie por un gramo o por un kilo de oro no dependerá en lo más mínimo de condiciones inherentes al oro o al trigo, sino de circunstancias totalmente ajenas a uno y otro. De otro modo, estas condiciones tendrían que imponerse también en el cambio, dominarlo en términos generales, y tener además fuera de este cambio, una existencia propia e independiente, que permitiese hablar del valor total de las mercancías. Pero esto es absurdo, nos dice el ilustre Loria. La proporción en que se cambien dos mercancías, cualquiera que ella sea, constituye su valor, y no hay más que hablar. El valor es, pues, idéntico al precio, y cada mercancía tendrá tantos valores como precios pueda tener. Por su parte, el precio se halla determinado por la oferta y la demanda. Y quien siga preguntando es un necio si espera una respuesta.

Sin embargo, la cosa no es tan sencilla como todo eso. En condiciones normales, la oferta coincide con la demanda. Dividamos, por tanto, en dos grandes grupos iguales, el de la oferta y el de la demanda, todas las mercancías que existen en el mundo. Supongamos que cada uno de estos dos grupos representa un precio de un billón de marcos, francos, libras esterlinas o lo que sea. Esto dará, según Perogrullo, un precio o valor total de dos billones. ¡Disparatado, absurdo!, nos dice el señor Loria. Los dos grupos juntos podrán representar un precio de dos billones, pero el valor es distinto. Cuando decimos precio, 1 + 1 = 2. Pero, cuando decimos valor, 1 + 1 = 0. Por lo menos, en este caso, en que se trata de la totalidad de las mercancías, pues si aquí las mercancías de cada grupo valen un billón es, sencillamente, porque cada uno de los dos grupos quiere y puede pagar esta suma por las mercancías del otro. Pero, si reunimos la totalidad de las mercancías de ambos grupos en menos de un tercero, resultará que el primero carece ya de todo valor, el segundo también, y el tercero lo mismo; es decir, que, en fin de cuentas, ninguno de los tres valdrá nada. Y nuevamente volvemos a admirar la superioridad con que nuestro Cagliostro meridional hace que se esfume el concepto del valor sin que quede ni rastro de él ¡Es la economía vulgar llevada al colmo![3]

En el Archiv für soziale Gesetzgebung, VII, cuaderno 4, Werner Sombart traza una exposición, excelente en conjunto, de las líneas generales del sistema de Marx. Es la primera vez que un profesor universitario alemán consigue ver en las obras de Marx, en general, lo que Marx realmente dijo; la primera vez que declara que la crítica del sistema marxista no puede consistir en refutarlo –esto es “bueno para el arribista político”–, sino solamente en desarrollarlo para superarlo. También Sombart se ocupa, como es natural, de nuestro tema. Investiga lo que significa el valor en el sistema de Marx y llega a los siguientes resultados: el valor no se manifiesta en la relación de cambio entre las mercancías producidas en régimen capitalista; no vive en la conciencia de los agentes de producción del capitalismo; no es un hecho empírico, sino un hecho lógico, conceptual; el concepto del valor, tal como aparece materialmente determinado en Marx, es simplemente la expresión económica del hecho de la fuerza social productiva del trabajo como base de la existencia económica; la ley del valor preside los fenómenos económicos de una ordenación económica capitalista en última instancia y presenta, en términos muy generales, en cuanto a dicha ordenación económica se refiere, este contenido: el valor de las mercancías es la forma específica e histórica en que se impone de un modo determinante la fuerza productiva del trabajo que en última instancia domina todos los fenómenos económicos. Hasta aquí, Sombart. No puede decirse que este modo de concebir el alcance de la ley del valor para la forma de producción capitalista sea falsa. Pero sí nos parece demasiado amplia, susceptible de reducirse a términos más concretos y más precisos; a nuestro juicio, no abarca, ni mucho menos, todo el alcance de la ley del valor en cuanto a las fases de desarrollo económico de la sociedad dominadas por esta ley.

En el Sozialpolitisches Zentralblatt de Brau, de 25 de febrero de 1895, nº 22, figura también un excelente artículo de Conrad Schmidt, sobre el tomo III de El Capital. En él hay que destacar principalmente la parte en que el autor demuestra que, al derivar la ganancia media de la plusvalía, Marx resuelve por vez primera el problema, que los economistas anteriores a él ni siquiera se habían planteado, de cómo se determina el tipo de esta cuota media de ganancia y cómo se explica que ascienda, por ejemplo, al 10 o al 15% y no al 50 o al 100%, pongo por caso. A partir del momento en que sabemos que la plusvalía que el capitalista industrial se apropia directamente es la fuente única y exclusiva de que emanan la ganancia y la renta del suelo, este problema se resuelve por sí mismo. Esta parte del artículo de Schmidt podía haber sido escrita expresamente para economistas del tipo de Loria, si no fuese empeño vano querer abrir los ojos a quienes se obstinan en no ver.

También Schmidt abriga sus reparos formales contra la ley del valor. La considera una hipótesis científica establecida para explicar el proceso material del cambio y que se acredita como un punto de aprtida esclarecedor e indispensable incluso frente a los fenómenos de los precios de concurrencia, que aparentemente la contradicen; sin la ley del valor, no sería posible, a su juicio, penetrar teóricamente en el mecanismo económico de la realidad capitalista. Y, en una carta particular que el autor nos ha autorizado a citar aquí, Schmidt declara que la ley del valor es, dentro de la forma capitalista de producción, ni más ni menos que una ficción, aún cuando teóricamente necesaria. Pero esta concepción es falsa, a mi modo de ver. La ley del valor tiene para la producción capitalista una importancia bastante mayor y más concreta que la de una simple hipótesis y mucho más que la de una ficción, por necesaria que ella sea.

Tanto Sombart como Schmidt –al ilustre Loria sólo lo citaremos aquí como un número de broma que ameniza el programa de la economía vulgar– no tienen en cuenta suficientemente que no estamos sólo ante un proceso puramente lógico, sino ante un proceso histórico y ante el reflejo especulativo de este proceso en el pensamiento, ante las consecuencias lógicas de su concatenación interna

El pasaje decisivo, a este propósito, lo encontramos en Marx, tomo III, pp. 180s.: “Toda la dificultad proviene de que las mercancías no se cambian simplemente como tales mercancías, sino como productos de capitales que reclaman… una participación igual si se trata de capitales de magnitud igual.” Y, para ilustrar esta diferencia, se establece la hipótesis de que los obreros se hallen en posesión de sus medios de producción, de que trabajen por término medio el mismo tiempo y con la misma intensidad y de que cambien directamente entre sí sus mercancías. En estas condiciones, dos obreros añadirían al producto, con su trabajo, durante una jornada, la misma cantidad de valor nuevo, a pesar de lo cual el producto de cada uno de ellos tendría distinto valor según el trabajo incorporado anteriormente a los medios de producción empleados. Esta última parte de valor representaría el capital constante de la economía capitalista; la parte del valor nuevo añadido invertida en medios de producción para el obrero, el capital variable, y la parte restante de este valor nuevo, la plusvalía, que en este caso correspondería al propio obrero. Ambos obreros percibirían, pues, después de deducir la parte necesaria para resarcir la parte de valor “constante” desembolsada por ellos, valores iguales; sin embargo, la proporción entre la parte que representa la plusvalía y el valor de los medios de producción –proporción que correspondería aquí a la cuota capitalista de ganancia– sería distinta en uno y otro caso. Pero esto sería de todo punto indiferente, puesto que a cada uno de ellos se le resarciría en el cambio el valor de los medios de producción. “El cambio de las mercancías por sus valores o aproximadamente por sus valores presupone, pues, una fase mucho más baja que el cambio a base de los precios de producción, lo cual requiere un nivel bastante elevado en el desarrollo capitalista… Prescindiendo de la dominación de los precios y del movimiento de éstos por la ley del valor, es, pues, absolutamente correcto considerar los valores de las mercancías no sólo teóricamente sino históricamente, como el prius de los precios de producción. Esto se refiere a los regímenes en que los medios de producción pertenecen al obrero, situación que se da tanto en el mundo antiguo como en el mndo moderno respecto al labrador que cultive su propia tierra y respecto al artesano. Coincide esto, además, con nuestro criterio expuesto anteriormente [véase tomo I, p. 50] de que el desarrollo de los productos para convertirse en mercancías surge del intercambio entre diversas comunidades y no entre los individuos de la misma comunidad. Y lo que decimos de este primitvo estado de cosas es aplicable a estados posteriores basados en la esclavitud y en la servidumbre y a la organización gremial del artesanado, en la medida en que los medios de producción pertenecientes a una rama de producción determinada sólo pueden transferirse con dificultad de una esfera o otra y en que, por tanto, las diversas esferas de producción se comportan entre sí, dentro de ciertos límites, como si se tratase de países o colectividades comunistas extranjeros los unos a los otros.” (Marx, El Capital, tomo III, I, pp. 181 s.).

Si Marx hubiese podido revisar el libro III antes de su publicación, es indudable que habría desarrollado considerablemente este pasaje, que, en su actual redacción, no hace más que esbozar su punto de vista acerca de este punto litigioso. Examinemos, pues, un poco más de cerca el problema.

Todos sabemos que en los comienzos de la sociedad los productos son consumidos por los propios productores y que éstos se hallan organizados de un modo elemental en colectividades más o menos comunistas; que el interambio del sobrante de estos productos con gentes extrañas a la comunidad, que inicia la transformación de los productos en mercancías, es de fecha posterior, y que primeramente sólo se efectúa entre distintas comunidades ajenas al mismo linaje, hasta que más tarde se opera ya dentro de la comunidad misma, contribuyendo esencialmente a su disolución en grupos familiares más o menos grandes. Pero, aún después de esta disolución, los jefes de las famílias entre las que se efectuaba el intercambio siguen siendo campesinos trabajadores que cubren casi todas sus necesidades produciendo con su familia en la propia hacienda y obteniendo solamente una pequeña parte de los objetos que necesitan mediante el trueque de productos de fuera por el sobrante de sus propios productos. La familia no explota solamente la agricultura y la ganadería, sino que además elabora sus productos para convertirlos en artículos de consumo terminados, muele a veces directamente el trigo con el molino movido a mano, amasa y cuece el pan, hila; tiñe y teje el lino y la lana, curte el cuero, levanta y repara edificios de madera, fabrica sus instrumentos y herramientas y hace, no pocas veces, trabajos de carpintería y herrería; de este modo, la familia o el grupo de famílias satisaface, fundamentalmente, sus propias necesidades.

Lo poco que aquellas famílias tenían necesidad de cambiar o comprar a otras eran, principalmente, incluso a comienzos del siglo XIX, en Alemania, objetos de producción artesana, es decir, cosas cuya fabricación no era desconocida del propio campesino y que éste no producía directamente por la sencilla razón de que no tenía a su disposición las materias primas para ello, o bien porque los artículos comprados le resultaban mucho mejores o le salían mucho más baratos. El campesino de la Edad Media conocía, pues, bastante bien la cantidad de trabajo necesaria para producir los objetos obtenidos por él mediante el cambio. El herrero, el fabricante de carros de la aldea trabajaban, en realidad, a la vista de él, al igual que el sastre y el zapatero, que todavía siendo yo joven, en nuestra región del Rin, se instalaban en las casas de los campesinos, por turno, para hacer trajes y zapatos de las materias previamente elaboradas por ellos. Lo mismo del campesino que las gentes a quienes él compraba eran, personalmente, obreros [productores directos][4] y los artículos cambiados productos propios de cada cual. ¿Qué habrían invertido para crear estos productos? Trabajo y solamente trabajo: para reponer los instrumentos, para producir las materias primas y para elaborarlas, no empleaban más que una cosa: su propia fuerza de trabajo. ¿Cómo, pues, podían cambiar sus productos por los de otros productores directos sino en proporción al trabajo invertido en ellos? La cantidad de trabajo invertida en estos productos, no sólo era la única medida apropiada para determinar cuantitativamente las magnitudes intercambiables; es que no cabía, sencillamente, otra. ¿O hay nadie que crea que el campesino y el artesano eran lo bastante tontos para dar el producto de diez horas de trabajo a cambio del producto de trabajo de una hora? En todo el período de la economía natural campesina no cabe más intercambio que aquel en que las cantidades de mercancías que se intercambian tienden a medirse cada vez más por las cantidades de trabajo materializadas en ellos. A partir del momento en que el dinero penetra en este tipo de economía, la tendencia de adaptación a la ley del valor (en la formulación de Marx, ¡bien entendido!) se hace, de una parte, más manifiesta, pero de otra aprte se ve contrarestada por las ingerencias del capital usurario y de la explotación fiscal, y los periodos durante los cuales los precios se aproximan por término medio a los valores con un margen de diferencia insignificante, se hacen cada vez más largos.

Y lo mismo podemos decir del intercambio entre los productos de los campesinos y los de los artesanos de la ciudad. Al comienzo, este intercambio se efectúa directamente, sin la intervención del comerciante, en los mercados de las ciudades, donde el obrero vende sus productos y hace sus compras. Aquí, lo mismo que en el caso anterior, el campesino conoce las condiciones de trabajo del artesano y éste las del campesino. El artesano tiene todavía mucho de campesino; no sólo cultiva su huerto de legumbres y sus frutales, sino que con frecuencia posee también un pedazo de tierra y una o dos vacas, cerdos, aves, etc. Las gentes de la Edad Media estaban, pues, en condiciones de poder sacar a los demás, con bastante precisión, las cuentas del costo de producción de sus artículos en materias primas, materias auxiliares, tiempo de trabajo, etc.; por lo menos, en lo tocante a los artículos de uso diario y general.

Ahora bien; ¿cómo era posible, en este intercambio basado en la cantidad de trabajo, calcular ésta, aunque sólo fuese de un modo indirecto y relativo, tratándose de productos que requerían un trabajo más largo, interrumpido además, durante intervalos irregulares e inseguro en cuanto a su rendimiento, como, por ejemplo, el trigo o el ganado, teniendo en cuenta, por otra parte, que nos estamos refiriendo a gentes que ignoran las reglas del cálculo? Indudablemente, sólo por medio de un proceso lento y trabajoso, no pocas veces tanteando en la sombra para acercarse a la verdad a fuerza de rodeos y abriendo los ojos, como tantas veces ocurre, solamente a costa del propio bolsillo. Pero, la necesidad que cada cual sentía de pagar o recibir en pago el verdadero valor de lo que compraba y de lo que vendía ayudaba a la gente a orientarse, y el reducido número de las clases de objetos existentes en el comercio, así como la estabilidad de su producción, la cual se mantenía no pocas veces durante siglos, facilitaba el logro de este fin. Hay un hecho que demuestra que no transcurrió, en modo alguno, mucho tiempo antes de que se estableciese con bastante precisión la magnitud relativa de valor de estos productos, y es que la mercancía en que ello parecía más difícil, por lo largo que era el proceso de producción de cada pieza, el ganado, pasó a ser la primera mercancía monetaria reconocida con carácter bastante general. Para lograr este resultado, fue necesario que el valor del ganado, su relación de cambio con toda otra serie de mercancías, adquiriese ya una fijeza relativamente extraordinaria y reconocida sin disputa por numerosas tribus. Y es seguro que la gente de la época –tanto los ganaderos como sus clientes– era lo suficientemente inteligente como para no regalar el trabajo invertido, sin recibir a cambio equivalente alguno. Por el contrario, cuanto más cerca están del estado primitivo de la producción de mercancías –como ocurre con los rusos y los orientales, por ejemplo–, más tiempo emplean todavía, en nuestros días, a fuerza de regatear por conseguir la remuneración total que corresponde al tiempo de trabajo invertido por ellos en un producto.

Partiendo de esta determinación del valor por el tiempo de trabajo, se desarrolla luego toda la producción de mercancías, y con ellas las múltiples relaciones en las que se traducen los diversos aspectos de la ley del valor, tal como fueron expuestas en la sección primera del libro I de El Capital y, principalmente, las condiciones indispensables para que el trabajo pueda crear valor. Estas condiciones se imponen sin que el interesado tenga conciencia de ellas y sólo pueden abstraerse de la práctica cotidiana por medio de una investigación teórica fatigosa; son, por tanto, condiciones que actúan al modo de las leyes naturales y que Marx ha demostrado, en efecto, como derivadas necesariamente de la naturaleza de la producción de mercancías. El progreso más importante y decisivo consistió en la introducción del dinero metálico, si bien trajo como consecuencia, por otra parte, que la determinación del valor por el tiempo de trabajo no se trasluciese ya, como antes, en la misma superficie del cambio de mercancías. El dinero se convertía ahora, desde el punto de vista práctico, en la medida decisiva del valor, y esta concepción se iba acentuando conforme crecía la variedad de las mercancías lanzadas al comercio y a medida que provenían de países alejados; es decir, a medida que iba haciéndose menos difícil el comprobar el tiempo de trabajo necesario para su producción. Al principio, el mismo dinero procedía, en la mayoría de los casos, del extranjero, y aun en los casos en que se producían también metales preciosos en el país, el campesino y el artesano no estaban en condiciones de calcular por sí mismos, ni aproximadamente, el trabajo invertido en producirlos, aparte de que la costumbre de calcular en dinero había ido empañando ya en ellos la conciencia de la cualidad del trabajo como medida de valor; el dinero empezó a representar, en la idea de la gente, la función del valor absoluto.

En otros términos: la ley del valor de Marx rige con carácter general, en la medida en que rigen siempre las leyes económicas, para todo el período de la producción simple de mercancías; es decir, hasta el momento en que ésta es modificada por la aparición de la forma de producción capitalista. Hasta entonces, los precios gravitan con arreglo a los valores determinados por la ley de Marx y oscilan en torno a ellos, y cuanto más se desarrolla en su plenitud la producción simple de mercancías, más coinciden los precios medios con los valores, tomando períodos largos, no interrumpidos por perturbaciones violentas exteriores y dejando a un lado el margen de lo despreciable. La ley del valor de Marx, tiene, pues, una vigencia económico-general, la cual abarca todo el período que va desde los comienzos del cambio por medio del cual los productos se convierten en mercancías hasta el siglo XV de nuestra era. Y el cambio de mercancías data de una época anterior a toda la historia escrita y que en Egipto se remonta, por lo menos, a 3.500 y acaso a 5.000 años, en Babilonia a 4.000 y, tal vez, a 6.000 años antes de nuestra era. La ley del valor rigió, pues, durante un período de cinco a siete mil años. ¡Admirable profundidad, pues, la del señor Loria, cuando dice que el valor vigente de un modo general y directo durante todo este tiempo es un valor por el que jamás se han vendido ni pueden venderse las mercancías y del que no tiene por qué ocuparse ningún economista que tenga una chispa de sentido común!

Hasta aquí no hemos hablado del comerciante. No necesitábamos tener en cuenta su intervención hasta ahora, en que pasamos de la producción simple a la producción capitalista de mercancías. El comerciante fue el elemento revolucionador de esta sociedad, donde todo lo demás permanecía estable, hereditariamente estable, por decirlo así: donde el campesino recibía no sólo su parcela de tierra, sino también su posición de propietario libre, de campesino sujeto a tributo o de siervo, como el artesano de la ciudad, su oficio y a sus privilegios gremiales por vía hereditaria y casi inalienablemente, y del mismo modo su clientela y su mercado, al igual que la habilidad o la pericia para su profesión, heredada desde su juventud. He aquí el mundo en que apareció el comerciante, que había de revolucionarlo. Pero no apareció en él como revolucionario consciente, sino, por el contrario, como carne de su carne y parte de su organismo. El comerciante de la Edad Media no era ningún individualista; era, sustancialmente, como toda la gente de su época, un ente corporativo. En el campo, imperaba la comunidad de la marca, forma derivada del comunismo primitivo. Primitivamente, cada campesino poseía una parcela de las mismas dimensiones, con trozos iguales de tierra de cada calidad y la parte proporcional correspondiente en los derechos de la marca común. A partir del momento en que la marca se convirtió en una comunidad cerrada y ya no se siguieron distribuyendo nuevas parcelas, se empezaron a subdividir, por herencia, etc., las parcelas antiguas y los correspondientes derechos sobre la marca, pero la unidad seguía siendo la parcela completa, existiendo por tanto medias y cuartos y octavos de parcela, con derecho a disfrutar de la marca común en la mitad, la cuarta o la octava parte de los derechos. La comunidad de la marca sirvió de modelo a todas las corporaciones de lucro creadas posteriormente, sobre todo a los gremios de las ciudades, cuyo régimen no era sino la aplicación de la organización de la marca a un privilegio artesanal, en vez de proyectarla sobre una extensión limitada de tierras. El eje de toda la organización era la participación por igual de todos los miembros de la corporación en los privilegios y beneficios reservados a la colectividad, como aparece proclamado de un modo contundente todavía en el privilegio dado en 1527 sobre el “abastecimiento de hilo” de Elberfeld y Barmen (Thun, Industrie am Niederrhein [La industria del Bajo Rin], tomo II, pp. 164 ss.). Y lo mismo ocurría en las explotaciones mineras, donde cada participación versaba sobre la totalidad de la empresa y era, al igual que la parcela de la marca, divisible con todos sus derechos y deberes. Era también, exactamente, el régimen de las corporaciones de comerciantes creadas para explotar el comercio ultramarino. Los venecianos y los genoveses en el puerto de Alejandría o Constantinopla, como cada “nación” en su propio Fondaco –hospedería y taberna, almacén y locales de exposición y venta de mercancías, además de oficina central–, constituían corporaciones comerciales completas, entidades cerradas frente a competidores y clientes; vendían a los precos establecidos por ellos, sus mercancías tenían una determinada calidad, garantizada mediante una investigación pública y no pocas veces mediante un sello, se ponían de acuerdo colectivamente acerca de los precios que debían pagarse a los indígenas por sus productos, etc. Y lo mismo procedían los hanseáticos en el puente alemán (Tydske Bryggen) de Bergen, en Noruega, y sus competidores de Holanda e Inglaterra. ¡Ay de aquel que vendiese a menos o comprase a más del precio fijado! El boicot decretado contra él suponía, en aquellos tiempos, la ruina completa, sin hablar de las penas directas infligidas por la corporación contra el culpable. Pero, además, existían corporaciones con un radio de acción más limitado, creadas para fines concretos, tales como la Maona, de Génova, que dominó durante largos años las minas de alumbre de Focea, en el Asia Menor, y la isla de Chíos durante los siglos XIV y XV, la gran sociedad comercial de Ravensburgo, que negoció con Italia y España desde fines del siglo XIV, estableciendo sucursales en estos países, y la sociedad alemana de los Fúcar, los Welser, los Vohlin, los Hochstetter, etc., de Ausgsburgo, de los Hirschvogel de Nuremberg y otros, que se interesó en la expedición portuguesa de 1505-6 a la India con un capital de 66.000 ducados y tres barcos, obteniendo una ganancia neta del 150 y según algunos del 175% (Heyd, Levantehandel [El comercio de Levante], tomo II, p. 524), y toda otra serie de sociedades “Monopolia”, que tanto irritaban a Lutero.

Es aquí donde nos encontramos por vez primera con la ganancia y la cuota de ganancia. La tendencia intencionada consciente de los comerciantes es la de que esta cuota de ganancia sea igual para todos los interesados. Los venecianos en Levante y los henseáticos en el norte pagaban todos los mismos precios que sus vecinos por las mercancías, abonaban los mismos gastos de transporte, las vendían a los mismos precios y compraban también el flete en las mismas condiciones que cualquier otro comerciante de su misma “nación”. La cuota de ganancia era, pues, igual para todos. En las grandes sociedades comerciales, la distribución de la ganancia a prorrata de la participación en el capital es algo tan evidente por sí mismo como el derecho a disfrutar de los beneficios de la marca en proporción a la parcela del campesino o el de percibir las ganancias de la explotación minera con arreglo a la cuantía de la participación correspondiente. Por tanto, la cuota igual de ganancia, que en su pleno desarrollo constituye uno de los resultados finales de la producción capitalista, se nos revela aquí, en su forma más simple, como uno de los puntos históricos de partida del capital: más aún, como un brote directo de la comunidad de la marca, que es, a su vez, un exponente directo del comunismo primitivo.

Esta cuota primitiva de ganancia era, forzosamente, muy elevada. Las empresas eran [en primer lugar, empresas monopolistas y, por tanto, excepcionalmente beneficiosas][5] muy arriesgadas, no sólo por los grandes estragos de los piratas que infestaban los mares, sino porque las naciones competidoras se permitían también todo género de violencias, cuando la ocasión se presentaba; además, los mercados y las condiciones de venta de las mercancías descansaban sobre privilegios de príncipes extranjeros, violados o revocados con harta frecuencia. La ganancia tenía que incluir, pues, necesariamente, una elevada prima de seguro. A esto hay que añadir que la rotación del capital era lenta, que los negocios se desarrollaban trabajosamente y que en los mejores tiempos, aunque éstos rara vez duraban mucho, las empresas tenían carácter de monopolio, con ganancias monopolistas. Que las cuotas de ganancia eran, generalmente, muy elevadas lo demuestra también el elevadísimo tipo de interés vigente en aquellos tiempos y que, en conjunto, tenía que ser necesariamente más bajo que el porcentaje de la ganancia comercial corriente.

Sin embargo, esta elevada cuota de ganancia, igual para todos los interesados, lograda por la cooperación de tipo corporativo, sólo regía con carácter local dentro de la propia corporación; es decir, dentro de la “nación”, en el sentido que damos aquí a esta palabra. Venecianos, genoveses, hanseáticos, holandeses, cada nación de por sí tenía su cuota propia de ganancia, que al principio, en mayor o menor medida, sólo regía además para cada mercado concreto. La compensación entre estas diversas cuotas de ganancia corporativas se operaba por la vía inversa, por medio de la concurrencia. En primer lugar, la de las cuotas de ganancia de los diversos mercados abiertos a cada nación. Si Alejandría rendía mayor ganancia para las mercancías venecianas que Chipre, Constantinopla o Trapezunt, los venecianos movilizaban más capitales para comerciar en Alejandría, sustrayéndolos al comercio con otros mercados. Luego, venía la compensación gradual de las cuotas de ganancias entre las distintas naciones que exportaban al mismo mercado mercancías iguales o parecidas, dándose muy frecuentemente el caso de que algunas de estas naciones se viesen agobiadas y desapareciesen de la escena. Y este proceso se veía constantemente interrumpido por acontecimientos políticos, como las invasiones mongólica y turca, que arruinaron todo el comercio con Levante, y los grandes descubrimientos geográfico-comerciales que, a partir de 1492, vinieron a acelerar la ruina de aquel comercio, convirtiéndola en definitiva.

La súbita extensión de los mercados que sobrevino a consecuencia de esos descubrimientos, y el consiguiente desplazamiento de las líneas de comunicaciones, no se tradujeron, por el momento, en ningún cambio sustancial en cuanto a los métodos comerciales. Seguían siendo, igual que antes, las corporaciones de comerciantes, principalmente, las que negociaban con la India y con América. Pero con ciertas diferencias. En primer lugar, ahora estas corporaciones tenían detrás naciones más importantes. Ya no eran los catalanes que comerciaban con Levante, sino que era toda España, una España grande y unificada, la que actuaba en el comercio con América y a su lado dos países importantes como Inglaterra y Francia; y hasta Holanda y Portugal, los más pequeños de todos, eran, por lo menos, tan importantes y tan fuertes como Venecia, la nación comercial más importante y más fuerte del período anterior. Esto daba al comerciante-navegante, al merchant adventurer de los siglos XVI y XVII un respaldo que hacía cada vez más superfluo el de aquellas corporaciones, equipadas hasta para defender a sus miembros con las armas; los gastos que esta protección suponía fueron haciéndose, pues, muy gravosos. En segundo lugar, ahora la riqueza se desarrollaba mucho más rápidamente en manos de los individuos, y pronto aparecieron comerciantes individuales capaces de invertir en una empresa fondos tan cuantiosos como los que antes invertía toda una sociedad. Las sociedades comerciales subsistentes fueron transformándose, en su mayoría, en corporaciones armadas, destinadas a conquistar y explotar por métodos monopolistas, bajo la protección y la soberanía de la metrópoli, los territorios y países enteros recién descubiertos. Pero, a medida que en los nuevos territorios se fueron estableciendo colonias, sostenidas también en su mayoría por el Estado, el comercio corporativo fue pasando a segundo plano ante el comerciante individual, con lo cual la compensación de las cuotas de ganancia pasó a ser, cada vez más marcadamente, obra exclusiva de la concurrencia.

Hasta aquí sólo nos hemos encontrado con la cuota de ganancia en lo tocante al capital comercial, pues hasta ahora no existía más capital que el comercial y el usurario; el capital industrial no se había desarrollado aún. La producción seguía, predominantemente, en manos de obreros que poseían sus propios medios de producción y cuyo trabajo, por tanto, no rendía plusvalía para ningún capital. En los casos en que se veían obligados a ceder a terceros, sin obtener nada a cambio, una parte de su producto, era bajo la forma de tributo abonado al señor feudal. Por consiguiente, el capital comercial sólo podía extraer su ganancia, por lo menos en un comienzo, de los compradores extranjeros de productos del país o de los que compraban dentro del país productos extranjeros; fue solamente hacia el final de este período –y en Italia, por consiguiente, al sobrevenir la ruina del comercio con levante– cuando la competencia extranjera y las dificultades con que tropezaba la venta obligaron a los productores artesanales de mercancías de exportación a dar al comerciante exportador las mercancías por menos de su valor. Y así nos encontramos con el fenómeno de que, mientras en el comercio interior los distintos productores vendían entre sí sus mercancías al por menor, cotizándolas por término medio por sus valores, en el comercio internacional, por las razones indicadas, no ocurría generalmente así. Lo contrario de lo que sucede en el mundo actual, en que los precios de producción rigen en el mercado internacional y en el comercio al por mayor, mientras que en el mercado al por menor de las ciudades la formación de los precios se halla regulada por cuotas de ganancia muy distintas. Y así se da, por ejemplo, el caso de que hoy la carne de una ternera experimente un recargo mayor de precio desde el comerciante al por mayor del mercado de Londres hasta el particular que la consume sin salir de la capital que desde el comerciante al por mayor que la vende en Chicago hasta el comerciante al por mayor que la compra en Londres, incluyendo los portes.

El instrumento que operó en todas partes, gradualmente, esta transformación en la formación de los precios, fue el capital industrial. Los gérmenes de este capital se habían ido formando ya en la Edad Media, y concretamente en tres campos: fletamento de buques, explotaciones mineras e industria textil. El fletamento de buques, en la escala en que se explotaba en las repúblicas marítimas de Italia y en la Hansa, requería inevitablemente marineros, es decir, obreros asalariados (aunque su relación de salario se disfrazase bajo formas corporativas, con participación en la ganancia) y requería además, con las galeras de la época, remeros, que podían ser obreros asalariados o esclavos. Las explotaciones de yacimientos de cobre, atendidas primitivamente por obreros corporativos, habían ido convirtiéndose ya casi siempre en sociedades por acciones para la explotación de las minas por medio de obreros asalariados. Y en la industria textil, el comerciante había empezado a poner directamente a su servicio a los pequeños maestros tejedores, suministrándoles el hilo y dándoles un jornal fijo para que lo tejiesen por su cuenta; es decir, convirtiéndose de simple comprador en verdadero empresario (Verleger).

Aquí asistimos a los primeros comienzos de la formación de la plusvalía capitalista. Dejemos a un lado, como corporaciones monopolistas cerradas, las explotaciones mineras. En cuanto a los armadores de buques, es evidente que sus ganancias tenían que ser, por lo menos, las usuales en el país, con un recargo por el seguro, el desgaste de los barcos, etc. Veamos lo que ocurría con los empresarios de la industria textil, que llevaban al mercado las mercancías producidas directamente por cuenta de un capitalista, echándolas a competir con las mercancías de la misma clase que los artesanos producían por cuenta propia.

La cuota de ganancia del capital comercial existía ya. Había sido compensada, además, por lo menos respecto a la localidad de que se trataba, para formar una cuota media aproximada. ¿Qué podía mover al comerciante a afrontar este negocio extraordinario? Solamente una cosa: la perspectiva de ganar más, vendiendo al mismo precio que los otros. Y esta perspectiva la tenía en realidad. Al tomar a su servicio a los pequeños maestros, rompía los límites tradicionales de la producción, dentro de los cuales el productor vendía el producto por él elaborado, y nada más. El capitalista comercial compraba la fuerza de trabajo, que seguía poseyendo provisionalmente su instrumento de producción, pero que ya no poseía la materia prima. De este modo, le aseguraba al tejedor trabajo fijo, pero al mismo tiempo podía reducir su salario de modo que una parte del tiempo que trabajaba fuese trabajo no retribuido. Esto permitía al empresario apropiarse una plusvalía, además de la ganancia comercial que de antiguo venía percibiendo. Cierto es que para ello necesitaba invertir un capital adicional en comprar hilo, etc., dejándolo en manos del tejedor hasta que éste terminase la mercancía, mientras que antes le abonaba el precio íntegro al entregarle ésta. Pero el cambio no era grande. En primer lugar, porque en la mayoría de los casos ya antes tenía que desembolsar también un capital extraordinario para hacer adelantos a los tejedores, quienes por regla general sólo se sometían a las nuevas condiciones de producción porque se hallaban agobiados por la servidumbre de las deudas. Y, en segundo lugar, porque, aun dejando esto a un lado, los cálculos se ajustaban al siguiente esquema:

Supongamos que nuestro comerciante maneje su negocio de exportación con un capital de 30.000 ducados, cequíes, libras esterlinas u otra moneda cualquiera y que de ellos emplee 10.000 en comprar mercancías del país, e invierta los 20.000 restantes en los mercados de ultramar. Supongamos, asímismo que el capital recorra su ciclo una vez cada dos años; reembolso anual = 15.000. Este comerciante decide dedicarse a la producción de tejidos por cuenta propia, meterse a empresario. ¿Qué capital adicional necesitará para esto? Admitamos que el periodo de producción de la pieza de tela, de cualquier modo que la venda, sea de dos meses por término medio, lo que es, indudablemente, mucho. Admitamos también que tenga que pagarlo todo al contado. En estas condiciones, tendrá que disponer de capital adicional necesario para suministrar hilo a sus tejedores durante dos meses. Como se reembolsa de 15.000 al año, comprará por 2.500 de tela cada dos meses. Suponiendo que 2.000 representan el valor del hilo y 500 el salario del tejedor, nuestro comerciante necesitará un capital adicional de 2.000. Partimos de la premisa de que la plusvalía arrancada al tejedor por el nuevo método sólo asciende al 5% del valor del producto, lo que representa una cuota de plusvalía, indudablemente muy modesta, del 25%

 

                                                    125                            125

(2.000 c + 500 v + 125 p ; p’ =  ——  = 25%, g’ =  ———  = 5%)

                                                    500                           2.500

 

Sobre estas bases, nuestro hombre obtendría una ganancia extraordinaria de 750 sobre su reembolso anual de 15.000; es decir, que en 2 ²/3 años reembolsaría su capital adicional.

Sin embargo, para poder aumentar sus ventas y acelerar, con ello, la rotación de su capital, lo cual le permitirá obtener la misma ganancia con el mismo capital en menos tiempo o una ganancia mayor con el mismo capital y en el mismo tiempo, regalará al comprador una parte pequeña de su plusvalía vendiendo más barato que sus competidores. Poco a poco, éstos irán convirtiéndose también en empresarios, y esto hará que a ganancia extraordinaria se reduzca para todos a la ganancia normal, e incluso inferior a la que normalmente corresponde al capital incrementado de todos ellos. La igualdad de la cuota de ganancia se reestablecerá, aunque posiblemente sobre otro nivel, mediante la cesión a los compradores extranjeros de una parte de la plusvalía obtenida dentro del país.

El siguiente paso encaminado a poner la industria bajo el mando del capital se da con la introducción de la manufactura. También ésta obliga al manufacturero, que en los siglos XVII y XVIII –y en Alemania, casi de un modo general, todavía hasta 1850, y en algunos sitios hasta hoy día– sigue siendo aún su propio comerciante de exportación, a producir más barato que su competidor a la vieja usanza, el artesano. Se repite el mismo proceso: la plusvalía que se apropia el capitalista manufacturero o el comerciante de exportación le permite a aquél o al comerciante exportador que reparte con él la ganancia vender más barato que sus competidores, hasta que el nuevo régimen de producción se generaliza y se opera una nueva compensación. La cuota de ganancia comercial preexistente, aun cuando reducida a un simple nivel local, es el lecho de Procusto al que tiene que acomodarse implacablemente, aunque sea a hachazos, la plusvalía industrial, recortando a ésta lo que sobre.

Si la manufactura logró imponerse a fuerza de abaratar los productos, con más razón lo hará la gran industria, la cual, revolucionando sin cesar la producción, reduce más y más el costo de producción de las mercancías y elimina inexorablemente todos los sistemas de producción anteriores. De este modo, la gran industria conquista también definitivamente el mercado interior para el capital, pone fin a la pequeña producción y a la economía natural de la familia campesina que cubría por sí misma sus propias necesidades, elimina el intercambio directo entre los pequeños productores y pone a la nación entera al servicio del capital. Al mismo tiempo, nivela las cuotas de ganancia de las diversas ramas comerciales e industriales en trono a una cuota de ganancia general y, finalmente, asegura a la industria el puesto de mando que le corresponde en esta nivelación, eliminando la mayor parte de los obstáculos que se interponían ante las emigraciones de capital de unas ramas a otras. De este modo se opera en cuanto al cambio, en conjunto y a grandes rasgos, la transformación de los valores en precios de producción. Esta transformación se efectúa, por tanto, con arreglo a leyes objetivas, sin que los interesados se lo propongan ni tengan conciencia de ello. El hecho de que la concurrencia reduzca al nivel general las ganancias que exceden de la cuota general de ganancia, privando así de la plusvalía que rebasa aquel tipo medio al primer industrial que se la apropia, no ofrece, teóricamente, la menor dificultad. Pero, en la práctica, no ocurre así, ni mucho menos, pues las ramas de producción que arrojan una plusvalía superior a la normal, es decir, aquellas que tienen un elevado capital variable y un bajo capital constante, o, lo que es lo mismo, una composición orgánica baja, son precisamente, por su naturaleza, las que más tarde y de un modo más incompleto se someten a la explotación capitalista, sobre todo la agricultura. En cambio, lo que se refiere al alza de los precios de producción por encima de los valores de las mercancías, necesaria para elevar al nivel de la cuota de ganancia media la plusvalía de nivel inferior que se contiene en los productos de las ramas de alta composición orgánica de capital, ofrece extraordinarias dificultades teóricas, pero es, como hemos visto, la que más fácil y rápidamente se logra en la práctica. En efecto, las mercancías de esta clase, cuando empiezan a producirse por métodos capitalistas y son lanzadas al comercio capitalista, compiten con las mercancías del mismo tipo fabricadas por procedimientos precapitalistas, que resultan, por consiguiente, más caras. Esto le permite al productor capitalista, aun renunciando a una parte de la plusvalía, obtener, sin embargo, la cuota de ganancia vigente en su localidad, la cual no guarda, originariamente la menor relación directa con la plusvalía, ya que había nacido del capital comercial mucho antes de que existiese una producción capitalista y de que, por tanto, fuese posible una cuota de ganancia industrial.

 

  

La Bolsa [6]

 

1. En el tomo III sección V, especialmente en el capítulo XXVII, vemos la posición que ocupa la Bolsa, en general, dentro de la producción capitalista. Ahora bien; desde 1865, año en que fue redactado el libro, se ha producido un cambio que ha venido a dar a la Bolsa una importancia considerablemente mayor y sin cesar creciente y que, en su ulterior desarrollo, tiende a concentrar toda la producción, tanto la industrial como la agrícola, y todo el comercio, lo mismo los medios de comunicación que la función del cambio, en manos de los elementos bursátiles, haciendo de la Bolsa la representante más destacada de la producción capitalista.

2. En 1865 la Bolsa era todavía un elemento secundario en el sistema capitalista. Los valores del Estado representaban la masa fundamental de los valores bursátiles, y, además, su volumen era todavía relativamente pequeño. A su lado estaban los bancos por acciones que en el continente y en Norteamérica ocupaban una posición predominante, pero que en Inglaterra se disponían precisamente por aquel entonces a absorber a los aristocráticos bancos privados. Las acciones ferroviarias eran relativamente débiles todavía, en comparación con las de hoy. Eran muy pocas las empresas directamente productivas que revestían la forma de empresas por acciones. En aquel tiempo, “el ojo del ministro” era todavía una superstición no superada, y, como los bancos, sobre todo en los países más pobres, en Alemania, Austria, Norteamérica,…

Por aquel entonces, la Bolsa era todavía, por consiguiente, el lugar en que los capitalistas se arrebataban unos a otros sus capitales acumulados y que a los obreros sólo les interesaba directamente como una nueva prueba del efecto desmoralizador general que ejerce la economía capitalista y una confirmación de la tesis calvinista de que la gracia divina, alias el azar, es lo que decide ya en esta vida acerca de la bienaventuranza y la condenación, acerca de la riqueza, es decir, del disfrute y el poder, y la pobreza, o sean, las privaciones y la esclavitud.

3. Hoy, la cosa ha cambiado. Desde la crisis de 1866, la acumulación se ha desarrollado con una velocidad sin cesar creciente de tal modo que en ningún país industrial, y menos que en ninguno en Inglaterra, ha podido el desarrollo de la producción mantenerse a tono con la acumulación, ni la acumulación del capitalista individual encontrar salida para valorizar plenamente en la ampliación de su propia empresa: la industria algodonera inglesa, ya desde 1845; la especulación ferroviaria. Y, a la par con esta acumulación, crecía la masa de los rentistas, gente cansada de la tensión acostumbrada de los negocios, deseosa de pasarlo lo mejor posible o de desempeñar, a lo sumo, cargos poco agitados, como el de director o consejero de administración de una compañía. Y, en tercer lugar, aparecieron en todas partes, donde aun no existían, para facilitar la inversión de esta masa flotante de capital-dinero, las nuevas formas legales de las sociedades de responsabilidad limitada, reduciendo más o menos las obligaciones de los accionistas, que hasta entonces respondían sin limitación alguna (soc[iedades] por acciones en Alemania, en 1890. 40% del capital suscrito).

4. A consecuencia de esto, gradual transformación de la industria en empresas por acciones. Una rama industrial tras otra va corriendo esta suerte. Primero el hierro, donde hoy son necesarias gigantescas instalaciones (y antes las minas, en los casos en que no se hallaban ya organizadas bajo forma parecida a la de las acciones). Luego la industria química, La fabricación de maquinaria. En el continente, la industria textil; en Inglaterra, solamente en algunas comarcas de Lancashire (hilados de Oldham, tejidos de Burnley, etc. Cooperación de sastres, que no es más que la fase previa para volver a caer en manos de los masters en la próxima crisis), fábricas de cerveza (hace un par de años las norteamericanas vendidas al capital inglés, luego Guinness, Bass, Allsopp.). En seguida, los trusts, de los que sugen empresas gigantescas con una dirección común (como la United Alkali). La empresa individual corriente va siendo cada vez más simple fase previa para desarrollar el negocio hasta que sea lo suficientemente grande para “fundar” una sociedad.

Y lo mismo el comercio. Leafs, Parsons, Morleys, Morrisson Dillon, todos sociedades. También, ya hoy, los establecimientos al por menor, y no sólo los que revisten la apariencia de grandes almacenes tipo stores.

Y lo mismo los bancos y otros institutos de crédito, también en Inglaterra. Infinidad de establecimientos nuevos, todos por acciones delimited. Incluso bancos antiguos, como el de Glyn, etc., con 7 accionistas privados, se convierten en Limited.

5. Lo mismo ocurre en lo tocante a la agricultura. La red enormemente extensa de los bancos, sobre todo en Alemania, va absorbiendo cada vez más, bajo diversos nombres burocráticos, las hipotecas y, con sus acciones, el verdadero dominio eminente sobre la propiedad territorial es entregado a la Bolsa, sobre todo cuando la propiedad de las fincas cae en manos de los acreedores. La revolución agrícola de los cultivos esteparios influye violentamente en estos fenómenos, hasta el punto de que puede preverse ya el día en que también el suelo de Inglaterra y de Francia caiga en poder de la Bolsa.

6. Añádanse a esto las inversiones extranjeras, todas en acciones. Para referirnos solamente a Inglaterra: ferrocarriles norteamericanos, Norte y Sur (consultar la lista de cotización de la Bolsa), Goldberger, etc.

7. Además, la colonización. Ésta es, hoy, una simple sucursal de la Bolsa, al servicio de la cual las potencias europeas se han repartido el África hace un par de años y los franceses han conquistado Túnez y Tonkín. El África, arrendada directamente a compañías (el Níger, Sudáfrica, el África alemana del Sudoeste y del Este) y Maschonaland y Natalland ocupadas para la Bolsa de Rodas.

  

 

[1] Federico Engels, “Complemento y apéndice al tomo III de El Capital” (1895). Texto tomado de la copia fotostática del manuscrito de Engels que se conserva en el Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú. Este trabajo y el que figura a continuación con el título de La Bolsa, se publican aquí por primera vez en lengua Española. (Ed.).

[2] Cuya primera edición vio la luz en 1894. (Ed.).

[3] Este mismo señor “célebre por su fama” (para decirlo con las palabras de Heine) se vio obligado, poco tiempo después, a contestar a mi prólogo al tomo III de El Capital, una vez que se hubo publicado, traducido al italiano, en el cuaderno primero de la Rassegna, en 1895. La respuesta vio la luz en la Riforma Sociale, de 25 de febrero del mismo año. Después de volcar sobre mí las lisonjas inevitables en él y por ello doblemente repelentes, explica que no estaba en su ánimo pretender escamotear para mí los méritos de Marx en cuanto a la concepción materialista de la historia. Y dice que ya los había reconocido en 1885, refiriéndose a una alusión hecha muy de pasada en un artículo de revista. Pero, en cambio, los silencia tanto más tenazmente allí donde más obligado está a destacarlos: en su libro sobre este tema precisamente, donde Marx no aparece citado hasta la página 129 y a propósito de un punto secundario, el de la pequeña propiedad territorial en Francia. Y ahora declara audazmente que no es Marx, ni mucho menos, el autor de esta teoría; que si no aparecen ya atisbos de ella en Aristóteles, fue proclamada incuestionablemente por Harrington, ya en 1656, y desarrollada por una pléyade de historiadores, políticos, juristas y economistas, mucho antes de Marx. Todo lo cual puede leerse en la edición francesa de la obra de Loria. Marx fue, en una palabra, un plagiario consumado. Y, después de haberle impedido yo seguirse pavoneando con ideas tomadas de Marx, se descuelga afirmando insolemnemente que también Marx se adornaba con plumas ajenas, ni más ni menos que él. De los otros ataques que le dirijo sólo recoge el que se refiere a que, según Loria, Marx no pensó nunca en escribir un segundo ni mucho menos un tercer tomo de El Capital. “Y ahora Engels replica con aire de triunfo, lanzándome a la cara el tomo II y el III… ¡Magnífico! Es tan grande mi alegría por la publicación de estos volúmenes, a los que debo tantos goces intelectuales, que nunca una victoria me ha causado tanta satisfacción como esta derrota… Suponiendo que sea, realmente, una derrota. Pero, ¿lo es, en realidad? ¿Es realmente cierto que Marx escribió, con intención de publicarlas, esta mescolanza de notas inconexas, reunidas por Engels, con amorosa devoción? ¿Estamos realmente autorizados para admitir que Marx… consideraba estas páginas como la coronación de su obra y de su sistema? ¿Es realmente cierto que Marx habría consentido en que se publicase ese capítulo sobre la cuota media de ganancia, en que la solución prometida desde hacía tantos años queda reducida a la más pobre mixtificación y al juego de palabras más vulgar? Hay, por lo menos, razones para dudarlo… Esto demuestra, a nuestro juicio, que después de haber publicado su espléndido libro, Marx no tenía el propósito de hacerlo seguir de otro o, por lo menos, el de confiar a sus herederos, y además bajo su exclusiva responsabilidad, la terminación de su gigantesca obra.”

Así, literalmente, aparece escrito en la p. 267. Heine no pudo hablar de su público de filisteos alemanes con mayor desprecio que cuando dijo: el autor acaba acostumbrándose a su público, como si éste fuese un ser racional. ¿Por quién tomará a su público el ilustre Loria?

Como final, una nueva granizada de elogios sobre mi desgraciada cabeza. A este propósito, nuestro Sganarell se compara con Balaam, que, habiendo venido a maldecir, vio brotar de sus labios, contra su voluntad, “palabras de bendición y de amor”. El bueno de Balaam es famoso sobre todo porque el asno que montaba, era un asno más inteligente que su amo. Se conoce que, esta vez, Balaam dejó la burra en casa.

[4] Las palabras que figuran entre paréntesis cuadrados aparecen tachadas en el manuscrito de Engels (Ed.).

[5] Estas palabras aparecen tachadas en el manuscrito de Engels (Ed.).

[6] Federico Engels; La Bolsa. Observaciones complementarias al tomo III de El Capital (1895). Texto tomado de la copia fotostática que se conserva en el Instituto Mar-Engels-Lenin, de Moscú (Ed.).